Electrificación y renovables en Estados Unidos: así cambia su sistema eléctrico

Última actualización: 21 de abril de 2026
Autor: pive6
  • La energía solar y eólica en Estados Unidos se han triplicado en una década y ya aportan una parte clave de la generación eléctrica, con récords de producción y una presencia creciente en la mayoría de estados.
  • Las renovables ganan peso en el mix, mientras el carbón se hunde y el gas natural sigue como principal fuente, en un contexto de inversiones récord, auge de PPA corporativos y mayor electrificación de la economía.
  • La transición energética avanza con fuerza, pero se enfrenta a cuellos de botella en permisos, redes e implantación de tecnologías emergentes, que condicionan la velocidad a la que podrá reducirse el uso de combustibles fósiles.

Electrificación y energías renovables en Estados Unidos

La electrificación acelerada y el auge de las energías renovables en Estados Unidos están transformando, casi sin hacer ruido, el mayor sistema eléctrico del planeta. En muy poco tiempo, la combinación de solar, eólica y otras tecnologías limpias ha pasado de ser un complemento testimonial a convertirse en una pieza clave para cubrir la demanda, reducir emisiones y atraer inversiones multimillonarias. Todo ello mientras el país lidia con una oleada de nuevos consumos ligados a la inteligencia artificial, la relocalización industrial y el vehículo eléctrico.

Al mismo tiempo, el sistema sigue apoyándose de forma notable en los combustibles fósiles, con el gas natural como principal fuente de generación y el carbón en retirada pero aún presente. La foto actual es la de una transición en marcha, con grandes avances en renovables, eficiencia y almacenamiento, pero también con cuellos de botella regulatorios, redes saturadas y sectores emergentes que progresan más despacio de lo esperado.

Explosión de la energía solar y eólica en la última década

En apenas diez años, Estados Unidos ha triplicado la electricidad generada con energía solar y eólica. Según el análisis de Climate Central a partir de datos de la Administración de Información Energética (EIA), en 2024 estas dos tecnologías alcanzaron un máximo histórico de 756.621 gigavatios-hora (GWh), cantidad suficiente para abastecer el consumo eléctrico anual equivalente de más de 70 millones de hogares medios estadounidenses.

De ese volumen total, alrededor del 40% (303.167 GWh) procedió de la energía solar y el 60% restante (453.454 GWh) de la eólica. La evolución es muy llamativa si se compara con 2015: la electricidad solar se ha multiplicado por 7,8 y la procedente del viento por 2,4, situando a estas fuentes como las que crecen más rápido en la historia del sector eléctrico moderno en el país.

Este impulso no se limita a unas pocas regiones punteras. La energía solar ha aumentado en los 50 estados y en Washington D. C. entre 2015 y 2024, mientras que la eólica ha crecido en 39 estados, hasta el punto de que hoy 42 estados generan ya alguna cantidad de electricidad con viento. Texas, California, Iowa, Oklahoma y Florida destacan como los territorios donde más se ha incrementado la producción conjunta de solar y eólica a lo largo de la década.

En 2024 el crecimiento siguió siendo robusto: la electricidad solar aumentó un 27% respecto a 2023 y la eólica un 8%. La solar se ha consolidado como la tecnología de generación que más rápido se expande en Estados Unidos, apoyada tanto en grandes plantas a escala de servicio público como en instalaciones de menor tamaño en tejados residenciales, empresas y proyectos comunitarios.

Un rasgo importante de este avance es el papel de la solar distribuida o a pequeña escala. Alrededor del 28% de toda la generación solar de 2024 vino de sistemas con menos de 1 megavatio de capacidad, fundamentalmente paneles en cubiertas de viviendas y edificios comerciales o cooperativas solares vecinales, lo que demuestra que la transición energética no es sólo cosa de macroproyectos, sino también de decisiones a nivel doméstico y local.

Estados líderes y peso creciente en el mix eléctrico

Este despliegue renovable tiene una geografía muy marcada. California y Texas encabezan la producción de energía solar y, sumadas, concentraron en 2024 el 41% de toda la generación fotovoltaica del país. En el caso del viento, Texas es el auténtico gigante: generó el 28% de toda la electricidad eólica estadounidense ese año y casi triplica al segundo estado en la clasificación, Iowa.

Iowa, por su parte, se ha convertido en el ejemplo paradigmático de sistema eléctrico dominado por el viento: la energía eólica supuso el 63% de toda la electricidad generada en el estado en 2024, la cuota más alta para cualquier estado en una única fuente renovable. Otros estados del cinturón central, con abundantes recursos de viento y grandes superficies disponibles, también han alcanzado cuotas muy elevadas.

Si se mira el conjunto del país, la combinación de solar y eólica supuso en 2024 un récord del 17% de la generación eléctrica total de Estados Unidos. Es la mayor cuota alcanzada hasta la fecha y todo apunta, según las previsiones de la EIA, a que seguirá creciendo en los próximos años conforme se conecten a la red los proyectos que hoy esperan interconexión y maduren los acuerdos de compra de energía firmados por grandes corporaciones.

El número de estados con una dependencia relevante de estas tecnologías también ha aumentado. En 2024, 30 estados generaron al menos el 10% de su electricidad con la suma de solar y eólica, frente a 25 en 2023. Entre ellos, un grupo de 10 estados ya superan el tercio de su generación eléctrica total a partir de estas fuentes limpias, lo que muestra que el cambio de modelo es real y profundo, aunque desigual territorialmente.

En el caso de la energía solar, California, Nevada y Massachusetts superaron el 25% de su electricidad de origen solar en 2024, gracias a una mezcla de políticas de apoyo, precios competitivos, recursos solares abundantes (en el caso del oeste) y programas de autoconsumo y comunidades solares. Por el lado de la eólica, más de un 25% de la generación procede del viento en Iowa, Dakota del Sur, Kansas, Oklahoma, Nuevo México, Dakota del Norte, Nebraska, Colorado y Minnesota.

Del dominio fósil a un mix cada vez más limpio

Pese a este avance, la mayor parte de la electricidad estadounidense sigue dependiendo de combustibles fósiles. En 2024, el 58% de la generación eléctrica procedió de carbón, gas natural y otros combustibles fósiles, aunque esa cuota viene cayendo de forma sostenida: era del 67% en 2015 y del 72% a principios de los 2000.

El descenso se explica sobre todo por la fuerte caída del carbón, que hace dos décadas aportaba aproximadamente la mitad de toda la electricidad producida en el país y en 2024 representó ya sólo el 15% del mix, siendo superado por la suma de solar y eólica. Sin embargo, este retroceso se ha visto parcialmente compensado por el empuje del gas natural, cuya generación eléctrica casi se ha triplicado en el mismo periodo, ralentizando el abandono total de los combustibles fósiles.

En 2024, el gas natural fue la primera fuente de generación eléctrica con un 42,9% de la producción. La demanda total de gas en el país, sumando todos los usos, marcó también un máximo histórico de 99.700 millones de pies cúbicos al día, impulsada tanto por el sector eléctrico como por las exportaciones de gas natural licuado (GNL). La sustitución de carbón por gas ha reducido emisiones respecto al viejo parque de centrales, pero mantiene una fuerte dependencia de un combustible fósil que seguirá bajo presión climática y regulatoria.

Si se observa el panorama global de la energía baja en carbono (renovables, nuclear e hidráulica), esta representó en torno al 43% del consumo eléctrico en 2025. La nuclear aportó aproximadamente un 17,18%, la eólica un 10,12%, la solar (en sus diferentes modalidades) cerca del 8,35%, la hidráulica algo menos del 6% y los biocombustibles alrededor del 1,05%. Se trata de una base importante que, sin embargo, aún no logra desbancar a los combustibles fósiles, que siguen suponiendo cerca del 56,93% del consumo eléctrico.

En términos de intensidad de consumo, el uso de electricidad per cápita muestra otro matiz interesante. Los últimos datos sitúan el consumo en unos 13.200 kWh por persona, por debajo del récord de 14.606 kWh de 2005. Aunque la generación baja en carbono está en máximos históricos (con unos 5.673 kWh por persona, superando el récord previo de 2024), el estancamiento o ligera caída del consumo total plantea dudas sobre cómo evolucionará la electrificación de la economía si no se acompaña de inversiones adicionales y políticas que incentiven el uso de electricidad limpia en sustitución de otros combustibles.

Inversiones récord y auge de los acuerdos de compra de energía

El giro hacia un sistema eléctrico más limpio está fuertemente respaldado por las finanzas. En 2024, la inversión mundial en energía sostenible superó los 2 billones de dólares y Estados Unidos destinó 338.000 millones a tecnologías energéticas, incluyendo renovables, vehículos eléctricos y refuerzo de redes eléctricas. Esta cifra mejora los 303.000 millones invertidos en 2023, pero todavía sitúa al país por detrás de China en términos de esfuerzo relativo sobre el PIB.

Uno de los motores clave del despliegue renovable son los acuerdos de compra de energía limpia (PPA) corporativos. En 2024 se anunciaron 28 gigavatios (GW) en nuevos PPA, un 26% más que en 2022, y se cerraron 183 contratos de suministro de electricidad renovable, casi el doble que el año anterior. Las grandes tecnológicas lideran claramente este movimiento, concentrando aproximadamente el 84% de la actividad, en previsión de la fuerte subida de demanda de sus centros de datos y aplicaciones de inteligencia artificial.

En paralelo, la solar y el almacenamiento energético han dominado las nuevas solicitudes de conexión a la red, representando más de dos tercios de la nueva capacidad que quiere interconectarse al sistema estadounidense. Sólo en 2024, unos 317 GW de nueva potencia solicitaron su interconexión a los siete grandes operadores de sistemas independientes del país, lo que equivale a casi un tercio de la potencia ya instalada.

Este empuje inversor ha permitido que las renovables (eólica, solar, biomasa, residuos, geotermia e hidroeléctrica) alcanzaran el 24% de la generación eléctrica de Estados Unidos en 2024, con un crecimiento interanual del 10,2%, el más rápido entre todas las fuentes. La mejora de la competitividad económica de estas tecnologías, junto con el apoyo de los gobiernos federal y estatales vía incentivos fiscales y regulaciones favorables, ha creado un entorno muy propicio para seguir ampliando la capacidad limpia.

Mientras tanto, la economía estadounidense ha mostrado un buen comportamiento macroeconómico: el PIB creció un 2,8% en 2024 mientras que el consumo de energía primaria sólo aumentó un 0,5%. Esto ha elevado la productividad energética un 2% interanual, alcanzando máximos históricos de producción económica por unidad de energía consumida, gracias en parte a las mejoras en eficiencia y a la sustitución de tecnologías más intensivas en energía por alternativas más eficientes.

Capacidad instalada, papel de la FERC y revolución renovable

Más allá de la generación efectiva, la fotografía de la capacidad de generación instalada en Estados Unidos muestra también un cambio estructural. De acuerdo con los datos manejados por la Comisión Federal Reguladora de Energía (FERC) en su informe de «Actualización de la infraestructura energética», cerca del 22,6% de la capacidad eléctrica total del país es renovable, mientras que el gas natural domina con el 44,6%, el carbón mantiene alrededor del 20,6% y la nuclear se sitúa en torno al 8,84%. La suma de eólica y solar supone un 12,58% del total de capacidad.

La FERC proyecta que en un plazo de unos tres años la capacidad renovable alcanzará aproximadamente el 25% del parque eléctrico estadounidense. Este crecimiento esperado se apoya en la entrada neta de nueva potencia eólica (unos 26.167 MW), solar (22.593 MW) y otras renovables como biomasa (1.903 MW adicionales), geotermia (178 MW) e hidroeléctrica (92 MW). En conjunto, las renovables podrían aportar casi 51 GW de nueva capacidad en ese horizonte temporal.

En el lado opuesto, el informe señala que las fuentes con mayor impacto climático —gas natural, carbón, hidrocarburos y nuclear— reducirán su presencia neta en el mix en unos 19.082 MW, 3.060 MW y 1.369 MW respectivamente. Es decir, aunque se instalen algunas nuevas centrales de gas, el balance global de añadidos menos retiradas será negativo para estas tecnologías, mientras que será claramente positivo para las renovables.

Esta tendencia ya se venía observando en los últimos años. Durante los dos primeros meses de 2020, por ejemplo, las nuevas instalaciones eléctricas fueron abrumadoramente renovables: se conectaron 38 plantas solares (cerca de 1 GW de capacidad total), cuatro parques eólicos (303 MW) y tres pequeños proyectos hidroeléctricos (13 MW), sumando entre todos el 85,7% de la nueva capacidad. El 14,3% restante fue gas natural, sin nuevas incorporaciones de carbón, petróleo, nuclear, biomasa ni geotermia.

La energía solar ha sido protagonista de esta revolución. En 2016, Estados Unidos instaló 14,6 GW de nueva capacidad solar, una cifra un 95% superior al récord del año anterior y que supuso pasar de representar el 4% de la nueva capacidad de generación en 2010 a alcanzar el 39% en 2016. En 2017 y 2018 se añadieron 10,8 GW y 10,6 GW adicionales respectivamente, consolidando a la solar como la primera opción de inversión en nueva potencia eléctrica durante varios años consecutivos.

Electrificación, centros de datos y nuevos usos de la energía

La transformación del sistema eléctrico estadounidense no se explica sólo por decisiones políticas o avances tecnológicos; también está muy determinada por la aparición de nuevas demandas masivas de energía. Entre ellas, destacan la expansión de la fabricación nacional, el despliegue acelerado de centros de datos impulsados por la inteligencia artificial y el despegue de la movilidad eléctrica.

Los centros de datos se han convertido en auténticas fábricas de kilovatios-hora. Grandes compañías tecnológicas han anunciado una avalancha de proyectos para soportar servicios en la nube e infraestructuras de IA, lo que ha cambiado la forma en que se planifica el sistema eléctrico. No se trata sólo de más demanda, sino de demanda muy concentrada geográficamente y con necesidades extremas de fiabilidad, lo que obliga a reforzar redes de transporte y distribución y a asegurar contratos de suministro renovable a largo plazo.

El transporte también se está electrificando a buen ritmo. En 2024, uno de cada diez coches nuevos matriculados en Estados Unidos fue un coche eléctrico, con un crecimiento de ventas del 6,5% interanual. Tesla sigue siendo el actor dominante, pero el mercado se diversifica con fuerza gracias a la entrada de otros fabricantes estadounidenses e internacionales. Esta penetración creciente del vehículo eléctrico está empezando a cambiar los patrones de carga en redes locales y obliga a planificar infraestructura de recarga y refuerzos de capacidad.

La electrificación se extiende, además, a otros sectores emergentes como los combustibles alternativos y autobuses eléctricos. La oferta y demanda de gas natural renovable (GNR) —biometano producido a partir de residuos— está aumentando de la mano de la Norma Federal de Combustibles Renovables y del estándar de Combustibles Bajos en Carbono (LCFS) de California. A la vez, la producción de combustible sostenible para aviación (SAF) creció un 325% en 2024, impulsada por créditos fiscales y objetivos de descarbonización del transporte aéreo.

Este contexto de mayor demanda futura ha llevado a algunos expertos a hablar de estar «en la cúspide de una expansión energética estadounidense». La combinación de renovables, gas natural y tecnologías de eficiencia energética se perfila como el trío que deberá garantizar el suministro, mantener precios competitivos y reducir la intensidad de emisiones al tiempo que se electrifican cada vez más usos en la economía.

Impacto climático, emisiones y fenómenos extremos

La transformación del sistema energético está motivada, en gran medida, por la necesidad de limitar el calentamiento global. El sector eléctrico es responsable de aproximadamente el 25% de la contaminación que atrapa calor en Estados Unidos, fundamentalmente por la quema de carbón, petróleo y gas natural para producir electricidad. Reducir estas emisiones es clave para cumplir los objetivos climáticos nacionales e internacionales.

Los últimos informes del IPCC apuntan a que, para mantener el aumento de temperatura por debajo de 1,5 °C, el mundo debería reducir el uso de carbón en un 95%, el petróleo en un 60% y el gas natural en un 45% respecto a los niveles de 2019 en los próximos 25 años. Eso exige una sustitución masiva de combustibles fósiles por energías renovables, electrificación y mejoras de eficiencia tanto en Estados Unidos como en el resto del planeta.

Pese a los avances, las emisiones estadounidenses siguen siendo elevadas. En 2024, las emisiones de gases de efecto invernadero aumentaron un 0,5% interanual, con el transporte como el mayor emisor y la industria como el sector de emisiones más dinámico, responsable del 89% del crecimiento de emisiones nacionales ese año. Aun así, el país ha logrado situar sus emisiones totales un 15,8% por debajo de las de 2005 y las del sector eléctrico un 41% por debajo de los niveles de ese año, gracias principalmente al auge de la solar y la eólica y al retroceso del carbón.

En paralelo, Estados Unidos se enfrenta a un aumento alarmante de fenómenos meteorológicos extremos. Sólo en 2024 se registraron 27 grandes catástrofes relacionadas con el clima, el segundo mayor número desde 2010, con un coste agregado cercano a los 182.700 millones de dólares. Esta realidad refuerza la urgencia de acelerar la transición energética, no sólo para mitigar el cambio climático, sino también para aumentar la resiliencia del sistema frente a olas de calor, tormentas, incendios y otros eventos que afectan directamente a la infraestructura eléctrica.

El despliegue de energías limpias tiene también una dimensión laboral y de justicia social. En 2023, el sector de la energía limpia añadió unos 149.000 nuevos empleos en Estados Unidos, con un crecimiento del empleo más del doble de rápido que el del conjunto de la economía. La inversión en tecnologías renovables alcanzó además niveles récord en 2024, creando oportunidades económicas en muchas regiones que antes dependían fuertemente de industrias fósiles.

Retos pendientes: permisos, redes y tecnologías emergentes

A pesar del avance, el camino no está libre de obstáculos. Uno de los mayores retos es la lentitud en la tramitación de permisos y la conexión de proyectos a la red. Muchos desarrollos renovables, de almacenamiento e incluso infraestructuras de transmisión pueden tardar años en obtener todas las autorizaciones y completar el proceso de interconexión, lo que retrasa su entrada en operación y encarece los proyectos.

El atasco en las colas de interconexión —esos más de 300 GW que esperan su turno— ilustra la necesidad de reformar la normativa sobre emplazamientos, planificación de redes y permisos ambientales. La modernización de estas reglas podría acelerar de forma notable el ritmo de expansión energética y facilitar el despliegue de una cartera amplia de soluciones: renovables a gran escala, generación distribuida, almacenamiento, redes inteligentes e incluso tecnologías de captura de carbono en aquellos sectores donde sea difícil evitar completamente las emisiones.

Algunas tecnologías clave para la descarbonización futura avanzan más despacio de lo esperado. El hidrógeno de bajas emisiones y los proyectos de captura y almacenamiento de carbono muestran un progreso limitado, en parte por la incertidumbre regulatoria y por la complejidad técnica y económica de estas soluciones. La energía eólica terrestre, por su parte, encadenó en 2024 su cuarto año consecutivo de descenso en nuevas adiciones de capacidad, afectada por problemas de permisos, oposición local en algunas zonas y condiciones de mercado cambiantes.

La eólica marina tampoco lo tiene fácil: el sector pasó 2024 recomponiéndose tras la cancelación de varios contratos de proyectos por el impacto de la inflación, el aumento de costes de financiación y las dificultades de la cadena de suministro. El futuro de esta tecnología en Estados Unidos dependerá en gran medida de que haya señales políticas claras, estables y coherentes a nivel federal y estatal, junto con mecanismos de mercado que repartan adecuadamente los riesgos entre promotores, suministradores y consumidores.

La reforma de los mecanismos de permisos y de la planificación de infraestructuras de transmisión se percibe como una de las palancas más importantes para desbloquear la siguiente fase de la transición. Mantener incentivos fiscales a la energía, mejorar los procesos de evaluación ambiental y reforzar la inversión en I+D+i pueden catalizar más capital privado hacia las renovables y la electrificación, garantizando que el sistema sea más fiable, resiliente y asequible, incluso en un contexto de fuerte crecimiento de la demanda.

El panorama que dibujan todos estos datos es el de un país que ya ha dado un salto enorme hacia un modelo energético más limpio, pero que todavía arrastra una dependencia considerable del gas y debe resolver cuellos de botella institucionales y tecnológicos. La combinación de un despliegue masivo de solar y eólica, el aumento del almacenamiento, la modernización de las redes, la consolidación de la movilidad eléctrica y el despegue de nuevas soluciones bajas en carbono será lo que marque hasta qué punto Estados Unidos logra aprovechar esta oportunidad para avanzar hacia un sistema eléctrico descarbonizado, competitivo y preparado para los desafíos climáticos y económicos de las próximas décadas.

hidrógeno energías renovables
Artículo relacionado:
Hidrógeno y energías renovables: clave para descarbonizar la economía