- Catalunya lidera en España la tramitación de proyectos de almacenamiento energético en baterías, pese a su bajo peso de renovables en el mix eléctrico.
- La comunidad acumula más de 2.000 MW de potencia en baterías ya autorizados y más de 2.000 MW adicionales en proceso de aprobación.
- El almacenamiento es clave para aprovechar la generación renovable y desplazarla a las horas punta de demanda y precio.
- El despliegue de baterías se produce en un contexto en el que Catalunya debe multiplicar por diez su potencia renovable instalada hasta 2050.

El sistema eléctrico catalán vive una paradoja: por un lado, se sitúa a la cola de España y de la Unión Europea en uso de energías renovables para generar electricidad; por otro, se ha colocado en primera línea en un ámbito decisivo para la transición energética, el almacenamiento en baterías. Esta nueva pata del mix energético empieza a coger forma justo cuando se hace evidente que la descarbonización no será posible sin poder guardar grandes cantidades de electricidad renovable.
A pesar de que en Catalunya solo alrededor del 20% de la electricidad procede de fuentes renovables y sigue pesando mucho la energía nuclear, la comunidad autónoma encabeza la tramitación de lo que se conocen como “campos de baterías”. Se trata de instalaciones concebidas para almacenar la energía generada por parques eólicos, plantas fotovoltaicas o centrales hidráulicas y liberarla después cuando más falta hace, desde picos de consumo nocturnos hasta momentos de tensión en el mercado mayorista.
Catalunya, rezagada en renovables pero en cabeza en almacenamiento
Los últimos datos de Red Eléctrica y Eurostat muestran que el peso de las renovables en Catalunya está muy por debajo de la media estatal y europea. Mientras en el conjunto de España algo más de la mitad de la electricidad generada tiene origen renovable, y en la UE ronda la mitad del total, en territorio catalán solo uno de cada cinco megavatios hora procede de fuentes verdes.
Si se mira con detalle el reparto, la energía eólica y la solar fotovoltaica apenas alcanzan en conjunto el 10% del mix eléctrico catalán, y solo gracias a la hidráulica se llega a ese entorno del 20% de generación renovable. En cambio, las centrales nucleares siguen aportando en torno a dos tercios de toda la producción eléctrica, lo que mantiene una fuerte dependencia de una fuente no renovable, aunque con bajas emisiones de CO₂ en la fase de generación.
Esta realidad coloca a Catalunya en la parte baja de la clasificación de comunidades autónomas en cuanto a participación de renovables en su mix eléctrico. Únicamente Baleares presenta un porcentaje inferior, mientras que hasta una docena de territorios del Estado superan el 50% de electricidad renovable, con casos como Aragón, Galicia, Cantabria o Castilla y León que se sitúan por encima del 85%.
Si se amplía el foco al marco comunitario, la posición catalana recuerda a la de los países europeos que más dependen de la energía nuclear. Solo Chequia registra un porcentaje menor de generación renovable que el catalán, mientras que otros grandes estados como Alemania o Italia han avanzado de forma más clara en la sustitución progresiva de fuentes fósiles y nucleares por tecnologías renovables.
Este “techo” en torno al 20% de renovables no es algo puntual: la aportación verde al mix catalán se ha mantenido relativamente estable durante años, con pequeñas oscilaciones según el clima, sin alcanzar en ningún caso cuotas de penetración similares a la media española. En paralelo, la nuclear y los ciclos combinados de gas siguen funcionando como pilares de la garantía de suministro.
Un objetivo ambicioso: multiplicar por diez la potencia renovable
Frente a este panorama, la planificación de la Generalitat marca una hoja de ruta exigente. Según el Plan territorial sectorial para la implantación de las energías renovables (PLATER), Catalunya debe instalar cerca de 62.000 MW de potencia renovable acumulada de aquí a 2050 para poder descarbonizar su sistema energético.
Hoy por hoy, la comunidad ronda los 5.500-5.600 MW de potencia renovable instalada, tras un cierto cambio de tendencia observado desde 2021. En apenas un lustro, la potencia verde ha crecido alrededor de un 60%, pasando de poco menos de 3.800 MW a la cifra actual, gracias sobre todo al despliegue de fotovoltaica y al refuerzo de algunos parques eólicos.
Sin embargo, ese avance es solo un primer paso. La planificación para los próximos cinco años plantea llegar a unos 15.400 MW de potencia renovable, lo que supondría un incremento del 176% respecto a la situación de partida. Y, mirando al horizonte de mediados de siglo, el objetivo es alcanzar del orden de 61.800 MW, es decir, multiplicar por más de diez la capacidad renovable actual.
Expertos del ámbito energético, como Geroni Fernús, presidente de la Comisión de Industria Química de los Ingenieros Industriales de Catalunya, recuerdan que no existe una única tecnología que resuelva por sí sola el reto de la descarbonización. La transición, subrayan, tendrá que combinar un aumento muy significativo de la generación renovable con fuentes de potencia estables, como los ciclos combinados, y con soluciones capaces de almacenar grandes volúmenes de electricidad.
En ese punto es donde el almacenamiento en baterías se ha convertido en una pieza estratégica. Más allá de seguir instalando parques eólicos o plantas solares, la posibilidad de guardar la energía generada cuando hay viento, sol o abundancia de agua y recuperarla más tarde se perfila como esencial para sostener un sistema eléctrico con una presencia mayoritaria de renovables.
Campos de baterías: Catalunya toma la delantera
El desarrollo del almacenamiento mediante baterías se encuentra todavía en una fase inicial, pero Catalunya ya se ha posicionado como referente estatal. La comunidad lidera el número de proyectos de campos de baterías en tramitación, lo que refleja el interés de empresas y administraciones por este tipo de infraestructuras.
Según datos hechos públicos por la Generalitat, en otoño se contabilizaban 134 proyectos de almacenamiento en baterías en distintas fases de tramitación. De ellos, 125 correspondían a instalaciones de baterías independientes —no vinculadas directamente a una planta renovable concreta— y 9 a proyectos híbridos, combinados con parques eólicos o instalaciones solares ya existentes o planificadas.
En conjunto, estos proyectos sumaban algo más de 1.090 MW de potencia de almacenamiento, una cifra notable para un ámbito aún incipiente. La mayor parte de estas iniciativas se distribuyen por zonas con disponibilidad de suelo y buenas conexiones a la red eléctrica, aunque el detalle fino de su ubicación varía según el tipo de proyecto y el promotor.
La información más reciente de Red Eléctrica, actualizada hasta finales de marzo, indica que Catalunya ha autorizado ya 2.021 MW de potencia en baterías. Es un volumen que coloca a la comunidad claramente por delante de Andalucía, que ocupa la segunda posición en este ranking con 1.751 MW en campos de baterías proyectados.
Además de la potencia ya aprobada, hay otros 2.191 MW de almacenamiento en tramitación pendientes de luz verde administrativa. Esta cartera sitúa a Catalunya como el segundo territorio del Estado con más capacidad en proceso de autorización, solo por detrás de Castilla-La Mancha, que lidera en este punto concreto con unos 2.495 MW en tramitación.
Potencia aprobada, proyectos por materializar
A pesar de estas cifras, desde el propio Govern se subraya que una buena parte de los proyectos de baterías todavía no se ha trasladado a instalaciones reales. Es decir, el liderazgo catalán se concentra por ahora, sobre todo, en el ámbito de la planificación y los expedientes administrativos.
El CEO de L’Energètica y presidente del grupo de trabajo de la Comisión Interdepartamental de Transición Energética, Daniel Pérez, apunta que este mismo año podría cerrarse con alrededor de 1.000 MW de potencia de baterías efectivamente en funcionamiento en Catalunya. Aun así, advierte de que el verdadero salto cuantitativo se espera en los dos próximos años, cuando se materialice una parte significativa de la potencia actualmente en tramitación.
Según explica, la expansión del almacenamiento en baterías está íntimamente ligada al despliegue de nueva generación renovable. En la práctica, las baterías permiten desplazar la energía que se produce en las horas de mayor recurso —el mediodía en el caso de la solar, los momentos de más viento, o los periodos de abundancia hídrica— hacia tramos horarios de alta demanda y precios más elevados, como las noches o primeras horas de la mañana.
Esta capacidad de “mover” la energía en el tiempo es clave para evitar vertidos de electricidad renovable cuando la producción supera el consumo y para reducir la dependencia de tecnologías fósiles o nucleares en momentos de punta de demanda. A medio plazo, un sistema con altos niveles de renovables necesitará obligatoriamente soluciones de almacenamiento de gran escala, ya sea con baterías, bombeo hidráulico u otras tecnologías emergentes.
Por ahora, la apuesta catalana por los campos de baterías sirve como banco de pruebas para integrar más generación renovable sin comprometer la estabilidad de la red. Cada nueva instalación aporta flexibilidad al sistema, al poder entrar y salir con rapidez para compensar los altibajos típicos de la eólica y la fotovoltaica.
Ventajas territoriales y sociales de los proyectos de baterías
Uno de los elementos que más destacan los responsables públicos y los agentes del sector es que los proyectos de almacenamiento en baterías generan, de momento, poca oposición social y territorial. A diferencia de lo que ocurre con algunos parques eólicos o grandes plantas solares, que a menudo topan con recelos por su impacto visual y sobre el paisaje, las baterías tienden a ocupar menos superficie y a integrarse con mayor facilidad.
Daniel Pérez señala que el impacto sobre el terreno de estos campos de baterías es significativamente menor que el de otras infraestructuras renovables de gran escala. Eso reduce los conflictos con el uso agrícola del suelo o con la preservación de espacios naturales y paisajes singulares, aunque no los elimina por completo y cada proyecto debe pasar sus evaluaciones ambientales correspondientes.
Además, la concentración de estas instalaciones cerca de nudos de la red eléctrica o de polos industriales facilita su aceptación local, al asociarse a la modernización del tejido productivo y a una mayor seguridad de suministro para las empresas. En paralelo, la actividad económica vinculada a la construcción, operación y mantenimiento de las baterías puede contribuir a dinamizar determinadas comarcas.
Desde una perspectiva más amplia, el desarrollo del almacenamiento ofrece oportunidades industriales y tecnológicas a medio plazo. Aunque muchas de las soluciones comerciales actuales se basan en baterías de litio importadas, la expansión de este sector en Europa abre la puerta a proyectos de fabricación, reciclaje y gestión avanzada que podrían generar empleo cualificado y tejido empresarial propio.
Todo este despliegue, sin embargo, solo tendrá pleno sentido si va acompañado de un aumento mucho más intenso de la generación renovable en Catalunya. Sin nuevos parques eólicos, más fotovoltaica y un mejor aprovechamiento de los recursos hidráulicos disponibles, las baterías por sí solas no podrán cambiar la foto de fondo del mix eléctrico catalán.
En este contexto, Catalunya se encuentra en un momento bisagra: mantiene un claro retraso en la penetración de renovables respecto al conjunto de España y de la UE, pero al mismo tiempo ha tomado la delantera en el desarrollo de soluciones de almacenamiento en baterías que serán imprescindibles en cualquier sistema eléctrico descarbonizado. El reto pasa ahora por acelerar las nuevas instalaciones verdes, conectar de forma inteligente esos parques con los campos de baterías y lograr que ese liderazgo incipiente en almacenamiento se traduzca en un cambio real del modelo energético.